DUELO
Desde temprano desocupó la casa. La noche anterior había entregado los pocos electrodomésticos que tenía. Amontonó la ropa de su marido en una esquina del cuarto y cuando terminó de hacerlo, la guardó en una bolsa negra.
No había podido llorar, es más no quería hacerlo. Entregó la llave a la vecina y pidió que le guardara su maleta. Tomó la bolsa negra y salió caminando lentamente por la calle destapada. Sus pies, metidos en unas delgadas sandalias intentaban esquivar los charcos de agua lluvia. Se detuvo frente a la casa de su suegra, suspiró y entró en forma decidida.
- Aquí están los trapos del desgraciado de su hijo- dijo lanzando la bolsa al suelo- Y a la casa no lo lleve a velar, porque ya ni eso tengo.
Dio media vuelta y salió. Al principio, su suegra quedó pasmada, pero luego, la mujer empezó a lanzarle insultos desde la entrada.
Fue entonces cuando Julie Puello empezó a llorar. A llorar de rabia, de impotencia, de no poder levantar a puños a su marido que tuvo el descaro de morirse, de irse sin darle la oportunidad de preguntarle desde cuando la engañaba con la mujer que llevaba atrás en su moto.
VERSOS DE MADRUGADA
En medio de su delgadez usaba la ropa dos tallas más que la suya, era la moda- el bacile- como él mismo decía. Su afro convertido en un mar de rizos engominados gracias a las grandes cantidades de gel, brillaba en forma irreal bajo un sol despiadado. Ese día salió después del almuerzo.
- Voy a tomarme unas frías con Jeison, no me esperes despierta negra. Si, no te preocupes, voy con cuidado- dijo mientras movía con el pie derecho el cran de la moto.
Diez horas y media después el asiento posterior de su motocicleta ya no estaba vació. Las diminutas trenzas de Corina se agitaban con el viento. La oscura carretera era solo para los dos. Las manos delicadas de su acompañante, de uñas largas y rojas, se aferraban a su pecho y lo acariciaban de vez en vez. Esto era suficiente para que él olvidara a su mujer, las cuentas de la casa, la cotidianidad, a su mujer con su vientre abultado y lleno de vida. No supo en ese momento que pasó, sus manos ya no lo sujetaban, desde el piso empezó a llamarla. No hubo respuesta, solo oscuridad. Su mujer. Sin hacerle caso, lo esperaba despierta, mientras escribía en uno de los que habían sido, hasta hace poco, sus cuadernos de escuela: Yo siento que te has ido. Siento la incertidumbre, que me despierta, a la madrugada. Un presentimiento, me lleva a buscar, tu rastro. Yo siento que me engañas, y ahora, ya no siento.
ISAAC
“Dios me ha hecho sonreír
y cualquiera que lo oyere, se reirá conmigo” Génesis 21, 6
En la pequeña oficina de aduanas en la que trabajaba todos esperaban la llegada de la nueva gerente, alta y delgada vestida de blanco impecable se presentaba a todos- Mucho gusto Aminta González – les decía amablemente- Me miró y caminó hacia mí sin quitarme los ojos de encima. Me entregó un bolsito de tela pequeño y mientras yo lo abría me dijo- Esto es para tu hijo- y se fue. Yo me quedé con un pequeño libro y la imagen en madera de una virgen entre las manos. El sueño era sumamente extraño, me dí vuelta en la cama y sentí correr un líquido caliente entre mis piernas.
- ¡Rompí fuentes!- le grite a mi esposo en medio de la oscuridad del cuarto.
Él encendió la luz, levantó las sábanas y me dijo- es sangre- Fue lo ultimo que le escuché decir.
Solo alcanzaba a ver las luces de los postes desde el asiento de atrás, el dolor era intenso, pero se iba cuando todo quedaba oscuro de nuevo. Abrí los ojos y él me miraba- Soñé con la virgen- alcancé a decirle, luego todo fue tinieblas.
Sentía mucho frío, el dolor ya no estaba, pero no conseguía ver nada. Escuchaba muchas voces pero no sabía con exactitud lo que decían, de pronto una frase se hizo clara - Rápido, si la placenta se desprende totalmente la criatura se queda sin oxígeno- abrí los ojos y tome aire lo mas que pude. Entonces lloró y me devolvió la sonrisa.
sábado, 21 de junio de 2008
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1 comentario:
muy buenos tus cuentos
Saludos
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